#10 El ojo del huracán
- Lázaro Morelli

- 3 jun
- 8 min de lectura
Hola, aquí Lázaro Morelli transmitiendo desde la circunscripción 15 del área metropolitana para quien pueda oírlo.
Las aspas de un viejo ventilador se removían inquietas en un cielo raso salpicado con manchas de humedad. Observaba abstraído la conformación de aquellas manchas. Parecían estrellas dispuestas con precisión, y sentí que me invitaban a formar complejas figuras con trazos imaginarios, como constelaciones de moho y barro. La música de fondo era un silencio largo, simple y sin pretensiones. Esos silencios que invitan a pensar que ya nada podrá quebrar la monotonía de esa paz conseguida. Una paz pura y dura, que cubre como una película traslucida la superficie de los huesos y te convierte en un ser ingrávido pero invulnerable. Una paz que no admite ni felicidad, ni tristeza, ni hastío, ni nostalgia, ni ninguna otra emoción. Una paz que te cubre como una coraza.
Ese es mi lugar seguro, donde no existen las calles, ni los enfrentamientos, ni el pútrido hospital, ni Alex, ni ninguna otra mierda. Sólo un cielo raso invadido por la humedad que se extiende por encima de una habitación pequeña y escasamente amueblada. Además de la cama, que es por lejos el artículo más lujoso del cuarto, hay una mesa de pino con dos sillas y una mesita de noche con un equipo de audio anticuado. Ese es mi ojo del huracán, el único a salvo de la devastación.
Allí estaba yo esa mañana, como tantas otras, perdido en las profundidades de mi mente. Cuando la yema de su dedo índice se posó en mi vientre y comenzó ascender por mi torso dibujando una línea recta hasta detenerse en mi barbilla. Tomó mi rostro entre sus dedos y lo giro hacia si con delicadeza hasta que mis ojos se toparon de lleno con su mirada. Sus labios estuvieron a punto de articular una oración, pero desistió de hacerlo, en compensación pude leer aquella frase en la urgencia de su gesto.
-Ya es tarde lázaro, debes volver-
Recogí mi ropa del piso y comencé a vestirme, mientras ella elegía un elepé de una montaña de discos. Creedence comenzó sonar cuando recogía mi abrigo y antes de que cruzara la puerta del cuarto, se acercó a mí.
Tras susurrarme unas palabras ininteligibles me entrego una pequeña caja. Desate el nudo que la cerraba y descubrí un reloj de pulsera, mientras ella volvía susurrar las mismas palabras. Esta vez lo entendí, gire el reloj y leí la grabación de la base mientras se me erizaba la piel.
Hacía cinco años que conocía a Nadia y casi no habíamos cruzado palabras, simplemente no las necesitábamos. Y de haberlo hecho hubiéramos estado en problemas, porque no hablaba ni una palabra en español. Desde que la encontré en las calles o mejor dicho desde que ella me encontró a mí, nuestra relación se volvió simbiótica. Desde el comienzo, uno necesito del otro y viceversa.
Nadia tenía un cuarto en la zona bordeaux del distrito subterráneo y una vez cada diez días suspendía a todos sus clientes habituales para recibirme. El distrito subterráneo estaba emplazado en un viejo ramal de metro que se extendía bajo toda la ciudad. Allí se reunía la escoria, que a esta altura sería igual a decir: todo el mundo.
En el hoyo, como solían llamarlo, se podía encontrar cualquier clase de servicios que el cliente demandara. Desde la prostitución en la zona bordeaux y el casino, pasando por fumaderos, bares, hasta la gran vedette del hoyo, la zona de tortura. Cualquier morbosidad que siquiera pudieran imaginarse, estaba allí, en un paseo de 100 km de vía subterránea. Resulta increíble que aún en un mundo sin leyes ni moral, el ser humano necesite todavía del amparo de la clandestinidad y el anonimato para satisfacer sus bajos instintos. En eso pensaba mientras abandonaba los subterráneos por una de las estaciones más lejanas al hospital. En las noches que pasaba en el hoyo, escondía la camioneta en un estacionamiento abandonado a las afueras de la ciudad, una zona que permanecía prácticamente deshabitada. Consulte el reloj, eran la 01.35.
Antes de poner en marcha la camioneta y volver al caos, recline el asiento y mientras encendía un cigarrillo deje que mi mente se perdiera en aquellas cuatro palabras…
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Conocí a Nadia una noche calurosa en las afueras del área metropolitana. Calurosa es una adjetivo pobre para describir aquel infierno sofocante.
Las víctimas se triplican en las temporadas de temperaturas extremas, las calles se llenan de ancianos, niños y heridos suplicando por agua. Las cisternas de la ciudad apenas llegan a cubrir las zonas aledañas al hospital en épocas de gran demanda, y el agua comienza a cotizar como oro. Las refriegas dejan de ser entre bandos y pasan a ser entre familias y amigos, las batallas dejan de ser por poder, territorio o ideología y se desatan por una vaso de líquido verdoso y maloliente. La sed y el hambre desatan los demonios del hombre.
Durante el día, los cadáveres acumulados en las zonas de reciclaje, se cocinan lento sobre el asfalto candente, y saturan el aire de putrefacción y muerte durante semanas. Respirar se convierte en una agonía a la que solo te acostumbras con años de recorrer las calles.
Ese día debía entregar suministros de agua al centro de investigaciones de la zona del Páramo. Antiguamente, el Páramo era una zona residencial donde vivía la clase acomodada de la ciudad, ahora es una gran ciudadela fuertemente vigilada por un equipo paramilitar. El punto neurálgico de aquel asentamiento es el antiguo centro de investigación metropolitano. El cerebro y alma de todo aquello es Viktor Montalvo.
No hay mucho para decir de él que ya no sepan, Viktor no forma parte del ejército ni de la resistencia, ni de bando alguno. Él es todos y ningún bando a la vez, es el titiritero que mueve todos hilos según su conveniencia. Como una Araña paciente supo tejer su red con cuidado por debajo de toda la ciudad, así es como abastece con armas e insumos a un bando y otro, asegurándose todos los réditos. Nosotros peleamos, nos desangramos vendemos nuestra alma por una causa, sin saber que el será quien decida al ganador. En esta ciudad, puedes ser un peón o un rey, una reina o un pieza fuera del tablero, pero Viktor siempre será la mano que nos mueve a todos por encima del juego.
Las luces bajas del camión cisterna recortaba la oscuridad de la ruta mientras me acercaba al punto de negociación. Negociar con Viktor nunca era una buena idea pero a menudo no había otra solución. Una tonelada de agua por un par de litros de sangre para transfundir no sonaba a buen trato. Después de todo Alex nunca fue un gran comerciante. Quizá sea la culpa lo que lo precipita a decisiones descabelladas. ¿Quién podría culparlo de lo ocurrido?, fue una emboscada. ¿Cómo podía preverlo?
Quizá sea, porque el que esta desangrándose en una cama herrumbrosa de hospital es Leandro, y no otro. Porque su sangre es la más difícil de conseguir y porque su hermana es Sonia.
Estacioné el camión cisterna a un lado del camino y me interné en la oscuridad de los pastizales armado tan solo con el haz débil de una linterna. En un claro, me esperaban los hombres de Viktor, armados hasta los huesos. Consulté el reloj, eran las 20.15.
Sin dejar de apuntarme me registraron para asegurarse que estaba desarmado
- ¡Bueno, ha llegado el chico de los mandados! - Profirió un sujeto desgarbado y con aspecto de enfermo, mientras aplaudía con sarcasmo. El resto le rió la gracia.
-Terminemos con esto de una puta vez, dame la llave del camión- Dijo cambiando el semblante.
- Quiero ver mi parte
- Oh, el chico de los mandados resulto desconfiado- dijo riendo, mientras se dirigía a la cajuela de un viejo mercedes descolorido.
- Material de primera…- escupió, mientras gesticulaba con elocuencia y sorna.
Dos sujetos más corpulentos sacaron un bulto del baúl del coche y lo arrojaron a mis pies. Era un gran amasijo de sangre y fluidos. Me acerque tratando de distinguir la figura en la oscuridad, y descubrí con espanto que se trataba de una figura humana. Tenía la cabeza cubierta con un saco de tela renegrida.
La figura profirió un alarido y uno de los sujetos le propino una patada en el costado que ahogo todos los gritos.
-¿Que mierda es esto? Hijo de puta, este no era el trato…
-¿Como que no? - Sangre 0 negativo, la más difícil de conseguir. Y tiene 5 litros, podés sacársela toda si quieres.
- Andá a la mierda, este no era el trato…
- Me voy a la mierda, pero con el agua. Si no querés tu sangre, entonces andate al carajo. Si empezás a caminar ahora, quizá llegués a la ciudad en tres días con el culo sano.
Quise acercarme al hijo de puta, pero un sujeto me golpeó en la espada con la culata de una 9 mm y comenzó a patearme en el piso, hasta que se cansó.
- Esta bien, ya aprendió la lección. Pongan el paquete en la cajuela- dijo el sujeto desgarbado, profiriendo órdenes.
-Me caés bien chico de los mandados, voy a dejarte ir, un trato es un trato- Dijo, mientras me quitaba las llaves del camión cisterna y en su lugar me colocaba las del Mercedes en el bolsillo del ambo.
Emprendí el camino de vuelta sumergido en un sopor macilento que me atenazaba el cráneo. Detuve el coche en la entrada del distrito 15 y me rendí al agotamiento, desplomándome sobre el volante.
Dejé que el abatimiento calara en mis huesos y me entregué derrotado a las fauces del sueño.
Los gritos apagados me devolvieron a la vigilia, de pronto caí en la cuenta de la figura que yacía en el baúl del Mercedes. Consulté el reloj y me sorprendió ver que las agujas daban las 23.15. Abrí la cajuela y los gritos cesaron. Solo allí, bajo la luz de la linterna pude distinguir la forma de un cuerpo femenino, quité el saco que le cubría la cabeza y unos ojos verde me estudiaron con terror.
-tranquila, todo va a estar bien- fue lo único que atine a decir.
Completamos el resto del trayecto en silencio, esta vez ella ocupaba el asiento del acompañante. Era joven y bella a pesar de la cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Temblaba como una hoja, aun así se la notaba menos atemorizada, como si mi presencia en todo aquello supusiera una especie de salvación. Era un cordero yendo al matadero.
Estábamos a una cuadra del hospital, cuando frené en seco. Ella se sobresaltó con la frenada y me miro con una mezcla de súplica y sorpresa.
- Cual es tu nombre - pregunté, pero su respuesta llego ininteligible. Me di cuenta que ni ella había entendido la pregunta, ni yo la respuesta. Sólo bastó una mirada, para comprender aquella súplica. Salvame.
Conduje hasta el distrito subterráneo y la oculte al amparo de las sombras. A la mierda Leandro. A la mierda Alex. A la mierda Sonia.
El administrador de la zona boudeaux me recibió sorprendido, pero accedió sin muchas preguntas.
-Como se llama- pregunto fingiendo interés.
- Nadia. Se llama Nadia- dije casi sin pensar.
Me despedí con un gesto, pero antes de llegar al umbral de la puerta. La voz áspera del administrador me detuvo.
-No será gratis.
- No puedo pagarte ahora.
- Que tal ese reloj...
Miré la hora por última vez. Eran la 1.35. Me lo quité de la muñeca y se lo entregué.
El administrador, luego de leer la inscripción al dorso del reloj, no pudo contener una sonrisa sarcástica.
-Andá a la mierda Renzo...
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Cinco años después, las agujas siguen dando la 1.35, y la inscripción continúa allí, como un cruel epitafio.
“Te ama eternamente, M”
Es lo último que me queda de vos.
Si estas en alguna parte, oyendo estas palabras dame una señal.
Aquí Lázaro Morelli transmitiendo desde la circunscripción 15.
Fin de la transmisión.



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