top of page

#2 Bueno, Comencemos

Hola, aquí Lázaro Morelli transmitiendo desde la circunscripción 15 del área metropolitana para quien pueda oírlo. Pero sobre todo para vos…


La ciudad está siendo hostigada por un manto espeso de bruma estival que cubre todo a su paso. Hace cinco días que apenas podemos ver la punta de nuestros pies con nitidez. A pesar de todo continuamos con las rondas habituales, tratando de divisar entre la niebla a los heridos que las calles escupen sin piedad.

Es difícil conducir una ambulancia cuando a duras penas se puede distinguir la carretera. Lo más peligroso es no poder diferenciar a las víctimas “enemigas” de las víctimas “aliadas”, por lo que esta tarde decidí ser más prudente que de costumbre.

Las reglas son claras e innegociables:

1- Sólo intentar auxiliar a los “aliados”, eso quiere decir: salva a los que no tienen uniforme.

2- Nunca dejes vivo a un “enemigo” si tienes la oportunidad…

3- Aléjate de los escarpelares, tienen dueño.

4- Y el más importante de todos (y preferido de Alex): Nunca gastes insumos en personas que no pueden luchar por ti.

Tiene bastante sentido, no hay nada más valioso en esta ciudad corrompida por el caos, que los medicamentos. Y nosotros llevamos una fortuna de un lado para otro, como si fuésemos un camión de caudales. Es que hay una sola cosa que escasea más que los medicamentos, y es gente que pueda combatir. Esa es nuestra tarea, encontrarlos, y hoy no íbamos muy bien.


-Hacia mucho que no salía a las calles, debe estar acostumbrado a ver cosas terribles. ¿Verdad?- Escupió el Dr. Sandor, con vos temblorosa mientras intentaba distinguir el paisaje a través de la ventanilla. Era un hombrecillo de aspecto frágil, que parecía siempre dubitativo y temeroso. Estaba cagado de miedo. La calles no eran sitio para un tipo como él, pero Alex insistió demasiado en que debía llevar a uno de los pocos médicos que nos quedaban, como si fuese la mejor idea del mundo. Idiota…


-No podemos hacer demasiado con esta niebla de mierda. Deberíamos volver mañana- murmuró Sandor, casi para sí mismo.

-Vamos al área suburbana, tengo que recoger un pedido. Después podrá quedarse en el sucio hospital y olvidarse de todo esto. No tiene que volver mañana, Doc.- respondí. Soné un poco más agresivo, de lo que hubiera deseado.

-¿Cree que no puedo con esto? No me subestime Sr. Morelli. Su hermano me puso a cargo de este vehículo y de usted- Dijo mientras una sombra de malicia se apoderaba de su rostro congestionado, tratando de fingir una fortaleza que a claras luces no tenía.


Franco Sander no parecía un mal tipo, y era uno de los médicos más competentes que había en el hospital, pero desde que lo hallamos en las calles hace tres años nunca volvió a salir de aquellas paredes. Nunca habla de esos años previos ni de su familia, pero no es difícil adivinar las cicatrices que esos tiempos dejaron en él.

Continuamos el resto del viaje en silencio. La bruma que inundaba todo, aplastaba la ambulancia contra el asfalto y se tragaba la miseria que cubría las calles. Engullía los combates que se desataban esporádicamente, las victimas agonizantes, los vagabundos, el hambre, los niños sin techo, las ruinas, todo quedaba oculto a nuestra vista, cegada por aquel manto blanquecino. Solo nos llegaban pequeños retazos del mundo. Una detonación aquí, un lamento allí, un grito lejano que se fracturaba en un eco apagado. La niebla tenía un aspecto positivo después de todo.


En eso pensaba cuando llegamos a la entrada del palacio blanco que dominaba la avenida principal de los suburbios.

-Quédese aquí y no baje por nada. Si alguien que no soy yo se acerca dispárele y luego huya. No me espere- Dije mientras me alejaba de la camioneta sin esperar respuesta.

El palacio blanco era el mercado negro por excelencia, no había nada que allí no se pudiera encontrar si se sabía a quién preguntar. Claro que no era un palacio ni era blanco, esos son rodeos metafóricos típicos de Marco. Era una casona enorme y desvencijada, casi laberíntica. A decir verdad, era tal la ruina de ese lugar que resultaba imposible reconocer cual era el color original de la fachada. Tal vez fuera blanco dos siglos atrás.

-¡Oh, mi querido Lázaro! Que te trae a mi humilde oficina. Decíme, ¿Qué puedo hacer por vos? ¿Qué puede ofrecerte? – Dijo un hombre excesivamente corpulento y pulcramente vestido que abría los brazos con sorna, mientras yo cruzaba el umbral de su estudio.

-Shhh…. No digas nada. Ya sé que deseas; murmuro bajo mientras entrecerraba los ojos como si disfrutara de un deleite secreto. Si venís acá solo podés querer una puta bala entre tus dos hermosos ojos, pero mejor vamos al pasillo no quiero manchar mi alfombra persa con mierda.- escupió desencajado, mientras me apuntaba con una 9 mm.

-Tranquilo Marco, tengo el pago- dije mientras dejaba con cautela un pequeño bolso sobre el alfombrado.

Marco hizo un gesto de contrariedad a uno de los sujetos que lo acompañaba, mientras no dejaba de apuntarme. En un instante, el tipo esparció el contenido del bolso en un escritorio de roble antiguo. Allí había decenas de ampollas, jeringuillas, comprimidos, frascos, capsulas, sueros, agujas y sondas. El abastecimiento que requería el hospital en una semana de actividad moderada. Los suficiente para pagar unos gramos de meta pero no tanto como para que Alex notara el faltante.

-Esto no paga el total de tu deuda, conocés los intereses Lázaro. Aunque es suficiente para empezar. Ahora sacá tu culo de mi vista-

-Sólo necesito recuperar lo que tus chicos me quitaron, Marco-

-Dale su mierda de una vez.- Ordenó al mismo tipo de antes.-Pero me quedo con la meta. No tendrás más, hasta que no me pagues.-

Tomé el paquete y salí rápido del palacio blanco. Me dirigía a la ambulancia cuando la voz de Sander me llamó por detrás.

-Rápido Morelli, hay un herido y necesito ayuda- Ordenó a los gritos, mientras sacaba el bolso de rescate de la cabina trasera de la camioneta, y salía corriendo en dirección a un callejón al este. Intenté advertirle, pero nunca lo había visto tan decidido y resuelto en todo el tiempo que nos conocíamos. El Doc tenía pelotas después de todo.

Lo seguí con la mirada mientras me acercaba confuso. El médico se arrodilló frente a un joven que yacía tirado en el asfalto, en medio de un charco de sangre con aspecto de cadáver y pedía ayuda como un poseído. Trató de calmarlo mientras tomaba el pulso y evaluaba la situación. Abrió el bolso y lo examinó con pericia, tomó unas tijeras y rasgó la camiseta ensangrentada del sujeto.

Creo que fue la sorpresa de ver el torso ileso del joven, lo que lo dejó paralizado y confundido. Lo cierto es que en ningún momento vió la hoja del cuchillo retráctil expandirse en la mano del sujeto, adiviné el dolor sordo en su rostro, cuando el filo atravesó sus entrañas con un golpe certero. El tipo se puso de pie con un movimiento ágil, tomó el bolso de rescate y salió corriendo como una flecha hasta fundirse con la maldita neblina.

Carroñeros.

El Doc había caído en la trampa más conocida del universo. El pobre tipo se arrastró hacia a mí, lo ayude a subir a la camioneta mientras trataba de contener la hemorragia.

-Tranquilo Doc, vamos al hospital ahora. Todo va a estar bien. Sólo mantenga la calma- Dije mintiendo.

Pisé el acelerador a fondo y la ambulancia se internó en la espesura, conducía casi sin ver absolutamente nada, sólo guiado por el instinto de conocer las arterias de la ciudad más que a cualquier otra cosa en el mundo.

-Frená. – me rogó con un hilo de voz- El hospital está a dos horas y ahí no se puede fumar.

Detuve el vehículo y le alcancé una cajetilla de Marlboro de la guantera.

-Que era aquello que vinimos a buscar. ¿Valió la pena?- preguntó, mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas.

Dudé un instante, mientras lo observaba escupir el humo que comenzaba a arremolinarse en torno al techo de la ambulancia. Tomé la bolsa de papel que había conseguido de mi visita al palacio y extraje un equipo estéreo con reproductor de cassette. Lo conecté al panel de la camioneta. El Doc comenzó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo. Coloqué un cassette al azar de los muchos que guardaba en la guantera, y tu voz empezó a sonar armoniosa entonando los primeros compases de Yesterday.

-Usted me está empezando a caer bien, Morelli- Dijo el Sandor, mientras reclinaba su asiento 45 grados. Y allí nos quedamos, anclados en medio de una marea blanquecina que nos mecía con paciencia, mientras nos perdíamos en aquel sortilegio de rimas que tomaste prestadas de John Lennon hace casi diez años.

Hey...

Si me estas escuchando en alguna parte de este mundo, envíame una señal, te necesito.

Aquí Lázaro Morelli se despide.


Fin de la transmisión.



 
 
 

Comentarios


bottom of page