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#3 Poesía de los Escombros

Buenas noches queridos radioescuchas, aquí Lázaro Morelli transmitiendo desde la circunscripción 15 del área metropolitana para quien pueda oírlo.


Hoy, durante la recorrida matutina, hallamos una biblioteca escondida dentro de una enorme casona invadida por vegetación. Resultaba conmovedor presenciar la vehemencia de la naturaleza al recuperar lo que siempre le había pertenecido.

El librero era un habitáculo pequeño y polvoriento, oculto tras una puerta rebatible, en el hueco de la escalera que conducía a la planta alta. Mientras Alex y Sonia revolvían las alacenas, le di un vistazo al hallazgo. Los centenares de tomos colonizados por el moho desprendían un olor nauseabundo. Tuve que ingresar encorvado para no golpearme la cabeza con el techo del pequeño habitáculo. Revolví a conciencia entre los tomos de cuero hinchado, hasta que hallé una caja de caoba oculta en un falso fondo.

Se trataba de una caja robusta, con arabescos grabados en la tapa y algunas incrustaciones doradas en los laterales. Estaba cerrada, así que la agité cerca del oído tratando de adivinar su contenido. Lo que sea que hubiera dentro tenía que ser, como mínimo, tan valioso como la caja que la contenía. Por un instante pensé en buscar la llave, pero me decidí por un método más pragmático. Estrellé la caja contra el parqué de la sala una y otra vez, tratando de que la tapa ceda en su capricho de velar el tesoro que resguardaba. Los estruendos alertaron a Alex, que retorno desde la cocina apuntando con su Versa.

-¿Que estás haciendo ahora, maldito demente?

-Teniendo relaciones maritales con tu esposa. ¿Qué te parece que hago?

Alex dio vuelta los ojos mientras retornaba a la cocina moviendo la cabeza con desaprobación.

-Un día vas a hacer que nos maten a todos- Dijo mientras se daba golpecitos en la sien con el cañón de la Versa.


Al quinto intento la tapa reventó contra el escalón de mármol y el contenido quedó disperso por toda la sala. Eran manuscritos, papeles y algunos tomos delgados encuadernados en cuero azul. Todos parecían tener el mismo nombre escrito en la tapa, un tal Fausto Orsi. Me disponía a acomodar el botín cuando todo comenzó...


Una lluvia de proyectiles atravesó la fachada sin que está ofrezca la menor resistencia. Estar en una balacera no es cómo nos contaban en las películas o en las novelas del lejano oeste: Un ganster impecablemente vestido, esquivando balas y descargando su magnum con una sola mano, mientras les pateaba el culo a todos los que se acercaban a él. La realidad siempre es mucho mas cruda y desoladora. Simplemente no tenés ni puta idea para donde correr, no entendés si los proyectiles van o vienen, solo comenzás a ver orificios que aparecen como arte de magia en las paredes y muebles que de pronto implosionan en una lluvia de astillas. Tu única opción es quedarte en el piso y disparar a cualquier parte, rezando para que alguna de tus balas le acierten a algo, y que ese algo no sea uno de tu propio bando. En eso estaba, cuando alguien me tomó de los hombros y me arrastró hacía atrás con violencia. Alex tiró de mis hombros a hurtadillas hasta la cocina, mientras los proyectiles le pasaban rozando por la cara y los brazos. Huimos por la puerta de atrás mientras Sonia detonaba su arma, sin saber bien a que apuntar.

Subimos a la ambulancia y conduje cagando leche, con las manos aún temblorosas. Saqué del bolsillo el pequeño tomo encuadernado y lo arrojé al panel de la camioneta para que el bulto en la chaqueta no me estorbara al conducir.

-"poesía de los escombros"- leyó Alex, que estaba en el asiento del acompañante presionándose el hombro con un retazo del pañuelo que siempre llevaba en el cuello. La camiseta comenzaba teñirse de camersí con una velocidad alarmante.


Respire hondo y empujé el cassette dentro de la bandeja. Alex miró con gesto de dolor y súplica, si hubiera estado más lúcido, seguro me hubiera mandado a la mierda.


-Tchaikovsky siempre me relaja...



Al final, como siempre, Alex tenía razón. Un día voy a hacer que los maten a todos. Lo que no sabía era que no faltaba tanto tiempo para que eso ocurriera.


Aquí y por ahora, Lázaro Morelli.


Fin de la transmisión.

 
 
 

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