#5 Insomnio -extraído de Poesía de los Escombros-
- Fausto Orsi
- 29 may
- 4 min de lectura
Aún recuerdo la primera vez que me visitó la muerte. Era una noche cerrada y fría de mediados de agosto, la luna y las estrellas habían abandonado la ciudad desde hacía tres crepúsculos, dejándonos indefensos y a merced de las sombras. Yo estaba tendido en mi camastro, combatiendo sin tregua a mi insomnio, aún insipiente.
Agotado y atormentado, cambié de postura con esfuerzo, por enésima vez, quedando de lado frente al gran ventanal de mi cuarto. En ese instante pude ver con claridad como ella se colaba delicadamente por entre las rendijas de la ventana, para luego fundirse con la densa oscuridad que cubría la habitación.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo como un impulso eléctrico y de pronto me vi sumergido en un terror tan profundo que me sentí incapaz de articular cualquier movimiento. Cerré los ojos con fuerza y permití que aquella sombra me embriagará con su oscuridad. Distinguí los dedos de la muerte acariciar mi mentón con ternura. Sus dedos largos y mortecinos recorrían el contorno de mi rostro con suma paciencia, tomándose su tiempo para sopesar el valor de cada latido que mi corazón se permitía.
Sentí su aliento tibio resoplar en mi labios y ya no pude ni quise despertar.
De pronto ya no percibía el frío del invierno en la piel, ni el agotamiento de la vida en los huesos. Abrí los ojos y me vi de pie en una callejuela sucia y oscura de una ciudad marginal, en una noche templada de otoño. Los recuerdos comenzaron a arremolinarse en mi pecho en una sucesión confusa.
Percibí la intensidad de un perfume conocido, cerré los ojos, intentando agudizar mi memoria; y las yemas de mis dedos empezaron a reconocer el inconfundible tacto de su piel.
Respire profundo y mi mente comenzó a trazar el contorno de una silueta que creí perdida. La muerte me observaba desde la distancia, con desdén, mientras tejía con desesperación aquellos viejos recuerdos.
Abracé con deseo aquel espacio vacío que de a poco iba tomando forma. Pronto, un mechón de cabello oscuro se materializó entre mis dedos como una cascada y aquellos hermosos ojos volvieron a mirarme, como tantas veces en el pasado (1).
Uní con torpeza cientos de imágenes y palabras que acudían atropelladamente a mi cabeza, y por fin pude completarla. Allí estaba, tal como la recordaba, la primera y última vez que la besé. Igual que aquel día en que la deje ir.
Acaricie su rostro con suavidad tratando de recuperar cada centímetro de su esencia. Olí su cabello, besé su mejilla, rocé el límite de sus caderas con la yema de mis dedos, mientras la muerte nos miraba a la distancia.
Supe que el tiempo me apremiaba, pero después de tanta espera no me permití apresurarme. Junte valor y me perdí en la profundidad de sus ojos una vez más. Quise decir todo lo que había guardado a lo largo de los años, pero estaba tan asustado que desvié mi mirada con cobardía. Tuve deseos de contarle lo cruel que habían sido aquellos años y lo mucho que había añorado su presencia, pero me invadió el impulso de sentir la calidez de sus labios nuevamente.
Todo el entorno comenzó a difuminarse a medida que su imagen se volvía más precisa. Recordé el color de su bufanda, sus botas, su abrigo; mientras la calle, la gente y los autos se desvanecían como espectros grises en una gran oleo fantasmal.
Caí en la cuenta de que el tiempo se convertía en un enemigo acérrimo. Intente articular mis palabras con premura, pero permanecí absorto y temeroso ante sus ojos, que aguardaban con una mezcla contradictoria de deseo y rechazo.
Quise gritar para romper aquel encantamiento, pero un nudo se formaba en mi garganta. Me sentía asfixiado y perdido.
La atraje hacia mí con desesperación y nos fundimos en un abrazo que duró una breve eternidad. Una eternidad en la cual dejamos de ser extraños, ocultos en la penumbra de aquella esquina. Por un instante fuimos parte de una misma cosa, con un único deseo en el mundo.
Pronto, descubrí con pesar, como mi vida se filtraba en el reflejo de su sonrisa. En ese momento y después de mucho tiempo, me sentí feliz. Reconocí aquella felicidad sencilla y autentica, sin pretensiones. Hoy creo, que más bien, es el recuerdo de una dicha que conservo intacta en el fondo de mí ser. Una dicha que jamás pude ni siquiera rozar.
Gradualmente, todo comenzó a volverse borroso y me perdí en un océano de ingravidez absoluta. Estaba flotando en la nada y las palabras de aquel hombre que fui esa noche de otoño, llegaron como un eco tardío,
"Prometeme.. Promete.. Prom.."
Imagine a aquel hombre quebrado, esperando una promesa vana, y quise gritarle: "Debiste decir; te amo".
En ese momento entendí todo con absoluta claridad. Nosotros que tanto hemos de vivir, que tantas personas hemos de ser a lo largo de nuestra existencia. Nosotros que acumulamos con avaricia, conocimiento y experiencia, que nos jactamos de nuestra descendencia, nuestras enseñanzas, nuestros principios. Nosotros, sin saberlo, podemos definirnos con tan solo un acto. Solo una simple decisión puede definir quienes seremos hasta el fin de nuestros días (2).
La muerte me abrazo por detrás, tapó mis ojos con la palma de su mano, y me susurró al oído algo que ya no recuerdo. Mis sentidos comenzaron a apaciguarse mientras todo se oscurecía. Ya no existía el dolor, ni la pérdida, ni la felicidad, ni el amor. De a poco, me iba entregando, como una estrella que ve extinguirse su luz en pequeñas dosis.
De pronto, mis parpados se cerraron por completo y volví a la penumbra absoluta de mi habitación.
F. O.
1952
Notas al Pie
Entre estas páginas hay una fotografía en blanco y negro, de lo que parece ser un obituario. En la imagen hay una mujer joven de cabello castaño, posando de perfil con el rostro pálido y los ojos cerrados. En el reverso sólo hay una letra: M y una fecha: 1949.
Aquí hay una anotación manuscrita al Margen, la letra es pulcra y muy prolija: Nocturne Op 9 No 2 (rebusco entre los vinilos de Chopin, hasta que por fin lo encuentro).



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