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#6 Lo bello y lo frágil

Aquí Lázaro Morelli trasmitiendo desde los confines de la Nueva Metrópolis, para cualquiera que desee oír un poco de buena música. Si vamos a morir, quien dice que no podemos hacerlo envueltos en el sortilegio de compases de un buen jazz. Así es como siempre creí que moriría, escuchando música a su lado...


Por primera vez en meses el hospital estaba sumido en una tensa, pero necesaria calma. Afuera, los combates habían mermado considerablemente, y aunque todos sabíamos que aquella tregua era pasajera, la agradecíamos en silencio. Éramos niños jugando en el ojo de la tormenta, mientras los grandes señores reagrupaban sus piezas. Allí estábamos, hasta que alguien decidiera que hacer con nosotros.

En ello pensaba mientras me entretenía recorriendo un camino de piel tersa trazado por la superficie de mis labios. Tenia el vientre plano y salpicado de lunares. Ascendí por él, siguiendo el contorno de su silueta con cuidado de no perderme ni un milímetro. Las yemas de mis dedos rozaron sus muslos como si intentaran leer en Braille la urgencia de su gesto. No pudo evitar soltar un suspiro delator, cuando mis besos se toparon con sus senos. Me entretuve allí un rato; y hubiera permanecido hasta el que el sol se ocultara en el contorno de sus caderas, de no ser porque ella me aparto con delicadeza, tomando mi rostro entre sus dedos. Me besó despacio, sin apuros, tomándose su tiempo.

El hospital estaba sumido en un silencio infrecuente, tan sólo interrumpido por algunos gritos o chirridos de camillas que nos llegaban apagados, como ecos, desde el ala de emergencias. El ala de psiquiatría era un gran pabellón abandonado, al que frecuentemente se destinaban a los pacientes sin posibilidades, o aquellos a los Alex decidía que no era redituable salvar. Ancianos, mutilados, a menudo jóvenes con lealtad dudosa recibían allí una muerte lo mas digna posible. La llamábamos el purgatorio, y era lo mas cerca que podías estar del infierno sin quemarte.

Ella elegía este lugar para nuestros encuentros secretos. Aunque abiertamente era una persona optimista y decidida, en el fondo se sentía mas a gusto allí, cerca de la muerte, caminado por los delgados limites de la oscuridad. Se sentía mas cómoda con tipos como yo, allí no tenia que ocultarse. Conmigo podía ser quien ella quisiera. Podía ser la líder a la que todos recurrían, o una niña indefensa. Podía ser la reina, un peón o una puta. A menudo elegía ser nadie.

Aunque el purgatorio permanecía vacío la mayor parte del año, siempre que estabas allí podías sentir el aire cargado de tensión. Por eso todos los residentes del hospital, evitaban el ala de psiquiatría en la medida de lo que podían. Se contaban historias de apariciones escalofriantes y sucesos paranormales sin explicación aparente. Camillas que danzaban por el salón principal en medio de una demoníaca orquesta de chirridos y golpes. Gritos y llantos proveniente de una habitación inexistente tras una puerta que no conduce a ninguna parte. O el espectro de un enfermero desaparecido que trabajaba en el pabellón, cuando todavía funcionaba como tal, antes de la gran caída, y cuya leyenda aun permanece viva. Un sujeto al que nunca se podía ver, pero si escucharlo silbar una melodía pegadiza, que iba haciéndose cada vez mas audible, generando una sensación aterradora de cercanía. Lo apodaban cariñosamente, el viejo Fran.

Claro, que no son mas que historias y sugestión, aunque lo cierto era que la tensión de ese lugar se hacia palpable luego de algunos minutos de trasponer sus puertas. Parecía como si aquellas paredes recopilaran la respiración de todas sus victimas, dando la sensación de que todavía estaban allí, observándote desde el vacío, con ojos interrogantes, como involuntarios observadores del caos.

La cama herrumbrosa se mecía con cadencia llenando la habitación de una melodía metálica, que bien podría haber alimentado los mitos en la cabeza de cualquiera que pudiera oírla tras los muros. Ella se movía en torno a mis caderas con pericia. Sus movimientos eran gráciles y concisos. Como una bailarina ejecutaba aquella danza hipnótica con precisión, ahorrando todo esfuerzo innecesario. Su tórax se contraía y dilataba cada vez con mayor frecuencia, buscando el aire que comenzaba a faltarle. Apoyé mi mano en su pecho cubriendo una enorme cicatriz que dividía su cuerpo en dos mitades simétricas, pero al contrario de lo que cualquiera supondría, aquello la hacia mas hermosa todavía. Nunca había querido hablarme de ello, era una herida profunda capaz de matar a cualquier ser humano, pero no a ella. Ella parecía siempre tan invulnerable, tan inmortal.

Costaba trabajo imaginarla así, tan frágil a veces. Cerré los ojos y me abandone a la corriente cálida de su respiración entrecortada.

Un foco de luz parpadeante nos observaba atento desde el techo enmohecido del cuarto, nos espiaba con vehemencia, cuando de pronto ella se detuvo arqueando el cuerpo, al tiempo que exhalaba un suspiro kilométrico. Se deplomó sobre mi, exhausta. Sus cabellos dorados se enredaron en mis dedos cuando la voltee con cuidado y nuestras miradas se encontraron.

- Te odio Lázaro.- susurró , desnudando toda su fragilidad.

Sonreí cansado, mientras el camastro reanudaba su sinfonía irregular de hierro y acero.

A lo lejos el viejo Fran nos observaba, esta vez silencioso.

Esta transmisión es para vos, aunque dudo que estés escuchando esto. ¿Acaso los desaparecidos pueden sintonizar señales de radio? de ser así, espero que esto te haga aparecer.

Espero, aunque más no sea, que los ecos de estas palabras lleguen a los confines del purgatorio, donde te imagino aun, tan altiva y frágil como siempre.


Se despide Lázaro Morelli desde el distrito 15 del área metropolitana.



Fin de la transmisión.

 
 
 

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