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#7 El Artífice - manuscrito hallado en "Poesía de los Escombros" (1)-

[Pagina 3]


"Entre el vivir y el soñar

hay una tercera cosa.

Adivínala."


Antonio Machado


[Página 5]


A M con todo mi amor (2)


[Página 7]


01.


El sol de septiembre iluminaba el sendero, con aquella luz mortecina que ofrece el amparo del atardecer. El camino era estrecho y serpenteaba a través de un pequeño bosquecillo de álamos. La gravilla destilaba suaves destellos anaranjados a medida que el eco de pasos lejanos se fundía con la respiración incesante del mar.

A lo lejos, la silueta de una gran casona victoriana se recortaba en el horizonte, como la protagonista principal de una postal de ensueño. Al pie del caserón se extendía un gran manto de arenilla blanca y guijarros que resistían con paciencia los embistes del mar.

Los zapatos de tacón alto apenas rozaban el camino, parecían levitar en una sutil coreografía de movimientos. Una danza ejecutada a la perfección, que solo se detuvo al pisar el parqué de porche. La puerta de roble no ofreció resistencia cuando el taconeo de los zapatos negros comenzó a expandirse por cada rincón de la casa. Era un sonido invasivo que quebraba la fina película de silencio acumulada durante años.

Todos los muebles de la sala estaban cubiertos de mantas de un blanco inmaculado, lo que les confería el aspecto de aterradores espectros. Las paredes respiraban con agónica melancolía.

En la mesa del recibidor reposaban decenas de retratos de años otrora felices, y adornos inservibles de lugares que ya no existen. Hasta allí llegaron los pasos. Los finos dedos de un guantelete de cuero, acariciaron el rostro de un joven que observaba sonriente desde una de las fotografías. La yema de un delicado índice recorrió con cuidado el contorno de aquel rostro cuadrado y de barbilla prominente. El joven permanecía irremediablemente inmóvil, como un testigo involuntario de aquella escena. Observaba con aquellos ojos café, que no daban indicios de vida, pero parecían resistirse a la muerte con desesperación férrea.

Los pasos se reanudaron tras algunos minutos. La mano enguantada tomo una botella al azar del pequeño bar del salón y llenó un vaso de vidrio hasta la mitad.

Unos labios de comisuras finas tiñeron el borde del vaso de un rojo intenso, a la vez que su interior comenzaba a vaciarse paulatinamente.

El viejo sillón de estilo Luis XVI albergó el contorno de la estilizada figura, cuya silueta aun almacenaba en su memoria. Los zapatos de tacón de corte italiano cayeron al piso, dejando desnudos dos pequeños pies de piel tersa.

La figura se paseó por la planta baja recorriendo cada habitación, como si tratara de reconocer cada cambio a lo largo de los años. Se detuvo en un pequeño estudio en el que descansaba un piano de cola. Abrió el ventanal y el rugido del mar se coló en la habitación, inundando progresivamente el resto de los cuartos. La figura ocupó el taburete frente al piano, y se deshizo de los guantes de cuero, tomándolos uno a uno entre sus dientes color marfil.

Los diez dedos, ahora desnudos, rozaron las ochenta y ochos teclas, una a una. Finalmente se detuvieron al azar, cada una en un sitio distinto de piano.

Dos pares de pestañas finamente delineadas se cerraron ocultando una mirada verde profundo. Algunas notas sonaron al alzar y se mezclaron con una oleada de lágrimas.

Pronto llegó con nitidez el sonido de otros pasos. Esta vez no era un taconeo ingrávido, sino más bien pasos cansinos y pesados que se abrían camino por algún lugar desconocido.

La figura en el piano apuró el contenido del vaso, demorando los últimos restos de whisky en el paladar. Siempre le gustó aquel licor, el regusto amargo que le dejaba en la boca, y la pesadez a la que sometía sus pensamientos.

Esperó con los párpados cerrados a que aquellos pasos conocidos se acercaran lo suficiente. No necesitaba mirar para reconocerlos. En su mente se delineaba la imagen de un par de mocasines de piel gastados.

Sólo abrió los ojos cuando escuchó aquella voz llamándola desde la puerta.

El “hola, querida” sonó como un murmullo proveniente de las entrañas de la tierra.

De pronto una gota se precipitó al vacío. El tiempo se detuvo por un instante y sobre la superficie esférica de aquella partícula de agua, se reflejó la habitación entera albergando a aquellos extraños conocidos, sumidos en una apacible tristeza. La lágrima completó su caída, fundiéndose con el entramado de la alfombra de terciopelo. Se extinguió tan rápido que no llegó a contemplar a aquellas figuras diluirse en un último abrazo.

***

La anciana parecía sobrecogida en su lecho de muerte. Un escalofrió recorrió la superficie de su piel como un impulso eléctrico, al tiempo que una lágrima recorría solitaria el contorno de su mejilla. Su cuerpo ya no estaba conectado a tubos ni vías de suero. El pitido metálico del monitor cardíaco, que la acompañó durante los últimos meses, ya no susurraba su sentencia. Ella supo, aun en el sopor del coma, que aquel sería su último suspiro. Mientras exhalaba el escaso aire contenido en los pulmones, besaba al hombre en la habitación del piano.

El médico se acercó al cadáver y comprobó la hora de la muerte, luego hizo una mueca de condolencia a un muchacho que aguardaba encorvado y triste. –Gracias, Doctor- Dijo el joven y no esperó la respuesta. Besó la frente de la anciana y cerró la tapa de la caja de caoba que descansaba en la cabecera de la cama. Tras verlo cruzar el umbral con la caja bajo el brazo, el médico dio indicaciones a una de las enfermeras para que terminara de desconectar el resto de los aparatos

En la sala, esperaba un sujeto alto y desgarbado hundido en un Montgomery viejo y demasiado grande. Estaba de pie, apoyado en la pared fumando un cigarrillo con deleite. El humo que expulsaba por las fosas nasales se filtraba a través de su barba poblada y desprolija. Portaba unos lentes de armazón anticuados, grandes y cuadrados que le daban el aspecto de un objeto de anticuario. Se lo notaba visiblemente cansado de esperar y le dolían las piernas. Para matar el tiempo se entretuvo recorriendo los lomos de una fila de libros con la yema del dedo índice removiendo a su paso una gruesa película de polvo. Era una serie de clásicos del siglo XIX; Dickens, Stendhal, Balzac, Flaubert, Dumas, Melville, Tolstoi, Poe y algunos más. Repasó con tedio los títulos dispersos en los estantes

Aplastó la colilla con el tacón del borcego y se frotó los ojos con impaciencia por detrás de los lentes. Ya estaba cansado de estos trabajos, odiaba a la gente rica dispuesta a pagar cualquier precio para apaciguar su conciencia. Siempre se trataba de gente rica. No es que los pobres no tuviera pecados, ni secretos, ni miseria que borrar, simplemente no tenían dinero para hacerlo. Estaba cansado de todos los guiones de reencuentros y paisajes, repetidos hasta el hastío. Es cierto que este era su trabajo, y no era mejor ni peor que cualquier otro; pero como pintar un cuadro o escribir un poema, no solo requería de pericia sino también de inspiración. Una inspiración que ya rara vez encontraba.

Continuó el recorrido rectilíneo que la biblioteca insinuaba hasta que se topó con una serie de libros y manuscritos resguardados tras una hoja de cristal. Giró la llave de cobre que aún descansaba en el interior de la pequeña cerradura y contempló los ejemplares. Eran todas primeras ediciones de obras clásicas desde Cervantes hasta Shakespeare. Había manuscritos inacabados de grandes obras y una colección nutrida de correspondencia con escritores de renombre, pero lo que llamó su atención fue un delgado tomo encuadernado en cuero sintético que descansaba solitario sobre un pequeño atril de acero. Abrió el libro por la primera página y una mueca de desconcierto se dibujó en su rostro por naturaleza inexpresivo.

Se apuró a ocultar el tomo en el bolsillo interior del Montgomery cuando el joven ingresó a la sala con la cabeza gacha y le dirigió una mirada profunda y agradecida.

-Hizo un gran trabajo. Hacía años que no la veía sonreír- Le dijo el joven mientras le acercaba un vaso de whisky.

El sujeto rechazó la invitación con un gesto gentil pero seco. Mientras encendía otro cigarrillo.

-Fue una imagen maravillosa. ¿Cómo consiguió tanto detalle de la casa, el piano, el bosque?. Todo es como lo recordaba. Ella necesitaba irse en paz. Gracias- dijo el joven mientras le estrechaba la mano y le entregaba un sobre de papel marrón.

El sujeto guardó el sobre en el bolsillo sin contar el dinero.

-Solo ha sido un sueño, nada más. Ese es mi trabajo.- Respondió mientras recorría nervioso el pasillo que conducía hacia a la puerta de salida. Se detuvo un instante para dejar en la mesa del recibidor un paquete envuelto con papel arrugado y se perdió en la noche precedido por una bocanada de humo rancio.

El joven tomó el paquete y se desplomó abatido en un sillón moderno que no encajaba con el resto del mobiliario de la casona. Desenvolvió el paquete con manos temblorosas y cuando se deshizo por fin del envoltorio, se encontró con la figura de un hombre de rostro cuadrado observándolo sonriente desde un recuadro de madera gastada. Entonces ya no pudo contener las lágrimas.

Afuera, el mar rugía con furia ensordecedora.



Notas al Pie:

  1. Este texto corresponde a páginas sueltas encontradas en el libro "Poesía de los Escombros". No hay indicios de que estás páginas fueran escritas por el autor. Al parecer este texto forma parte de un relato más grande (¿tal vez una novela?).

  2. Escrito sobre el margen derecho, el autor apuntó el título de una canción.



 
 
 

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