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#8 Agrietados

Hola, aquí Lázaro Morelli transmitiendo de la circunscripción 15 del área metropolitana para quien pueda oírlo…

-¡Vamos!, lo perderemos Lázaro. Apresuremos el paso.-

Detuve la camioneta en una zona industrial abandonada y Alex se apresuró a bajar.

-No, Lázaro. Voy solo.- me respondió a lo lejos, mientras se adentraba en las entrañas de una vieja fábrica abandonada.

Hoy hablaremos de Alex Morelli.

*****************

“Sólo tenemos que tapar las grietas. El miedo no tendrá por donde entrar sí tapamos las grietas. Nada entra, nada sale”.

Esas palabras aún me asaltan por las noches, cuando bajo la guardia. Claro que ya no soy un niño, ni estoy recluido en las paredes enmohecidas de un refugio abandonado. No es la voz de mi hermana la que susurra a través de las detonaciones incesantes, es más bien, un eco gutural que se asoma desde los confines de mi mente, y me recluye impiadoso entre muros de recuerdos distorsionados.

Todo lo que conservó en mi memoria es confuso y esta entremezclado en retazos. Ni siquiera recuerdo con nitidez el rostro de mi padre; pero puedo ver con claridad a un niño andrajoso y asustado que se aferra a las piernas de mi hermana. Los tres allí, en un refugio pequeño y maloliente, mientras el resto de nosotros moría en una guerra que no era la suya.

“Solo tenemos que tapar las grietas…”, así de sencillo…

Eso era todo lo teníamos que hacer para sobrevivir. El niño estaba aterrado, no sabíamos cuánto tiempo había estado en las calles. Cuando lo encontramos estaba en estado de shock, pero ni bien cruzamos el umbral del refugio, recuperó el color en el rostro, y hasta se permitió algún sollozo.

“…el miedo no podrá entrar si tapamos las grietas. Nada entra, nada sale”

Y nosotros seguimos las instrucciones al pie de la letra, tapamos las grietas de los muros con los escasos muebles que encontramos. Y cuando nos quedamos sin objetos, los hicimos con las palmas de las manos, hasta que se nos acalambraron los brazos. Desde las inmediaciones, nos llegaba una sinfonía apagada de detonaciones y gritos. “Sólo presten atención a las grietas” murmuraba mi hermana en voz baja, pero firme. Y así lo hicimos, ajenos a la muerte y al hambre. Lo hicimos durante días, como si se nos fuera la vida en ello…

… y creo que eso fue lo único que nos dio fuerzas para seguir viviendo en aquellas horas oscuras.

-¿Cómo te llamas?- Le preguntó mi hermana, en ese tono tan suyo, que podría haber derretido todos los hielos de la Antártida.

El niño tardo tres semanas en responder:- Alex… me llamo Alex…

Los años que transcurrieron a la gran caída, fueron largos y difíciles. Pero eso es una historia para otra ocasión. Solo puedo decir que cuando logramos asentarnos en una pequeña comunidad del Páramo, alcanzamos, aunque sea de a ratos, aquello que mi hermana llamó felicidad. Hasta el otoño en que falleció con 40 años recién cumplidos.

El niño asustado creció, hasta convertirse en un hombre perseguido y fragmentado. Ni bien llegamos, comenzó a colaborar en el hospital Comunitario; primero con tareas simples, limpiando habitaciones, o cuidando enfermos; hasta que uno de los médicos veteranos lo tomó como aprendiz. A pesar de que avanzaba rápido, nunca abandonó esa postura solitaria y enfermiza.

En nuestro segundo verano en el Páramo, Alex conoció a Alma. En vistas de los acontecimientos posteriores, puedo decir que ese hecho, cambió nuestras vidas para siempre. Para bien o para mal.

Alma llegó a la comunidad, una tarde calurosa, con un grupo de nómadas y se quedó con nosotros hasta el último día de su vida. Era una muchacha joven, aunque su rostro denotara mayor edad de la que realmente tenía. Su complexión era atlética y siempre estaba dispuesta a colaborar en cualquier tarea que se le asignara. Su relación fue intensa. Congeniaron casi desde el primer momento, a pesar de los acercamientos torpes que Alex intentaba sin descanso. Eran dos personajes sacados de las típicas novelas románticas que mi hermana devoraba sin cansancio. Aquellas en las que el amor, la inocencia y el odio, cobraban más valor que los mismos personajes principales, pero donde el papel estelar se reservaba a la muerte. Su historia, claro, no fue la excepción.

Al verano siguiente tuvieron un hijo, Tobías. Cuando el niño nació, se asentaron en una casona retirada en las afueras del Páramo.

A veces, la muerte gusta de estas pausas de refresco. Cuando pareciera que todo toma un cauce armonioso, de pronto arremete sin piedad, como para dejar en claro cuál es nuestro lugar en toda esta historia.

La epidemia comenzó a hacerse verdaderamente preocupante a finales del otoño, hace cuatro años atrás. Mi hermana no fue ni por asomo la única víctima de la fiebre roja. El hospital estaba poblado más allá de sus propios límites. Lo peor fue la ola de pánico que se desató sobre nosotros. Todos éramos potenciales portadores, todos éramos una amenaza.

Alex comenzó a actuar errático y receloso. Casi no abandonaba su casa ni a su familia, más que para ir a buscar alimentos. Nunca se ausentaba más que un par de días y evitaba en la medida de lo que podía a cualquier persona que lo conociera. Había tapiado todas las ventanas de la pequeña casona. Se había recluido en su propia fortaleza.

“Nada entra, nada sale…”

Lo que vino después son cenizas de recuerdos consumidos por el fuego. El mismo fuego que se llevó nuestras vidas. Todavía puedo verlo entre las llamas, abrazando los cuerpos sin vida de lo que había sido todo su mundo.

Nunca olvidaré el momento en que nuestras miradas se cruzaron, mientras todo a nuestro alrededor se convertía en un infierno. No había tristeza en sus ojos, ni ira, ni resignación, no había emoción alguna. Eran ojos muertos. Era como ver fijo en el interior de un pozo, cuya negrura infinita amenazara con tragarme de un bocado. Recuerdo con nitidez el rastro, que su cuerpo dibujó en el barro, mientras lo arrastraba lejos de las llamas. Luego nos desplomamos en la hierba, amparados en la noche salpicada de estrellas. Cuando desperté al día siguiente, Alex no estaba.

Recorrimos ciudades y pueblos, viajamos kilómetros, persiguiendo una sombra sin rosto. Sólo encontró consuelo en la venganza, y yo lo seguí, día y noche. Lo seguí, tratando de tapar las grietas que dejaban escapar su alma a cada paso.

“Solo presten atención a las grietas…” y eso hicimos… durante años.

El resto es historia...

*****************

Regresaste fatigado y te sentaste en el asiento del acompañante. Tenías los nudillos despellejados, cubiertos de sangre, y aspecto de haber recibido una golpiza.

No quise preguntar, pero tu cara de satisfacción lo decía todo. Creías haber encontrado al asesino de tu familia. Sentía remordimiento, pero no podía decirte que esa persona sólo existía en los recovecos más oscuros de tu mente. Supongo que en el fondo te prefería así, luchando contra un ser inexistente; antes de verte vagando sin destino, ansiando la muerte.

Quizá haya sido mi culpa. Yo abrí aquella grieta profunda en tu corazón. Tantos años tarde en reunir el valor, para confesarte como quemé la casa con los cadáveres de tu familia adentro. Y nunca puede, hasta hoy. Tantas veces estuve a punto de contarte con detalles como dispuse todo, para que arda sin dejar un solo rastro. Para que las cenizas se lleven todo de una puta vez. “El fuego purifica”, escuche alguna vez… nunca recuerdo quien lo dijo, pero seguro fue algún pirómano santificado.

-Vayamos a comer algo. Pero ahora manejo yo- dijiste con la voz quebrada, mientras elegías un cassette de la guantera y lo insertabas en el stereo del coche.



Te sentaste al volante, aún te temblaban las manos, pero por primera en mucho tiempo estabas en paz. Nunca te volví a ver así…

“Todo terminó” murmuraste, como si te deshicieras de una carga demasiado pesada. Pero te equivocabas, esto no hacía más que empezar…

Esta transmisión es para ti, Alex; sólo espero que hayas encontrado la paz que siempre perseguimos. Si estas escuchando esto, entenderás que lo que ocurrió aquella noche me perseguirá por siempre… pero tenía que hacerlo.

Ya no podía verte así… los cuidabas como si aún estuvieran vivos, los vestías, tratabas de alimentarlos, aunque sus cuerpos estuvieran rígidos y descompuestos. Cuidabas de aquellos cadáveres como si fueran lo único que te separara de la muerte… esos ojos hinchados y sanguinolentos que no miraban a ninguna parte, parecían a punto de salir de sus órbitas… las secuelas de la fiebre estaban por todos lados..

Y les hablabas Alex… les hablabas…

Lo más aterrador, es que a veces creo que te respondían…

Ya no hay donde huir...

Aparta las manos, ya es hora de dejar entrar al miedo...


Lázaro Morelli.


Fin de la transmisión.

 

 
 
 

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